Fernando
II, Emperador de Alemania, para manifestar su gratitud a Nuestro Señor
por la insigne victoria alcanzada en una batalla, fundó en 1620, en
la ciudad de Praga, un convento de Padres Carmelitas. Difíciles en extremo
eran los tiempos que atravesaba Bohemia cuando llegaron estos excelentes
religiosos, pues se hallaba asolada por guerras sangrientas que tenían
a Praga presa de las más indecibles calamidades, a tal punto que el
monasterio mismo de Carmelitas carecía de lo indispensable para sobrevivir
a las necesidades más premiosas de la vida. En esa época, vivía en Praga
la piadosa princesa Polixena Lobkowitz, quien sintiendo en el alma las
apremiantes necesidades de los Carmelitas, resolvió entregarles una
pequeña estatua de cera, de 48 cm., que representaba un hermoso Niño
Dios, de pie, con la mano derecha levantada, en actitud de bendecir,
mientras con la izquierda sostenía un globo dorado. Su rostro era muy
amable y lleno de gracia, la túnica y el manto habían sido arreglados
por la misma princesa, la cual, al dar la estatua a esos religiosos,
les dijo: "Padres míos, os entrego lo más caro que poseo en el mundo:
Honrad mucho a este Niño Jesús y nada os faltará." La estatua fue recibida
con gratitud y colocada en el oratorio interior del convento, donde
fue objeto de la veneración de todos aquellos buenos Padres, distinguiéndose
entre todos el Padre Cirilo, que con toda verdad podría titularse el
apóstol del divino Niño Jesús de Praga. La promesa de la augusta donante
se cumplió a la letra, y los maravillosos efectos de la protección del
divino Niño no tardaron en manifestarse, pues muy pronto, y en varias
ocasiones se verificaron prodigios y fueron milagrosamente socorridas
las necesidades del monasterio. Entre tanto, estalló de nuevo la guerra
en Bohemia. En 1631, el ejército de Sajonia se apoderó de la ciudad
de Praga. Los Padres Carmelitas creyeron prudente trasladarse a Munich.
Durante esa época tan desastrosa, especialmente para Praga, la devoción
al Niño Jesús cayó en el olvido. Los herejes destruyeron la iglesia,
saquearon el monasterio, penetraron en el oratorio interior, hicieron
burla de la estatua del Niño Jesús, y quebrándole las manos, la arrojaron
con desprecio detrás del altar. Al año siguiente, retiróse el enemigo
de Praga y pudieron los religiosos volver a su convento, pero nadie
se acordó de la preciosa estatua. Por esto, sin duda, se vio reducido
el monasterio a la miseria como el resto de la población, pues carecían
los religiosos de alimentos para ellos, y de los recursos indispensables
para restaurar su casa. Mas, después de 7 años de tanta desolación,
volvió a Praga el Padre Cirilo, en el año 1637, cuando Bohemia se hallaba
en peligro inminente de sucumbir y hasta de perder el don inestimable
de la fe, y cuando la ciudad estaba por todas partes rodeada de enemigos.
En tales aprietos, y al tiempo que el Padre Guardián exhortaba a sus
religiosos que instasen a Dios para que pusiese término a tantos males,
le habló el Padre Cirilo de la inolvidable estatua del Divino Niño y
obtuvo licencia de buscarla. La encontró al fin entre los escombros,
detrás del altar. La limpió, la cubrió de besos y de lágrimas, y como
aún conservaba intacto el rostro la expuso en el coro a la veneración
de los religiosos, quienes llenos de confianza en su protección, cayeron
de rodillas ante el Divino Infante y le suplicaron fuese su refugio,
su fortaleza y amparo en todo sentido. Desde el momento en que fue colocada
en su puesto de honor, el enemigo levantó el sitio y el covento se vio
provisto en el acto de cuanto necesitaban los religiosos. Encontrábase
un día el Padre Cirilo en oración, delante de la estatua, cuando oyó
claramente estas palabras: "Tened piedad de mí y yo me apiadaré de vosotros.
Devolvedme mis manos y yo os devolveré la paz. Cuanto más me honrareis,
tanto más os bendeciré". En efecto, le faltaban las manos, cosa que,
al encontrarla no había advertido el Padre Cirilo, enajenado como estaba
por el gozo. Sorprendido el buen Padre, corrió inmediatamente a la celda
del Padre Superior y le contó lo ocurrido, pidiéndole que hiciese reparar
la estatua. El Superior se negó a ello, alegando la extremada pobreza
del Convento. El humilde devoto de Jesús fue llamado a auxiliar a un
moribundo, Benito Maskoning, quien le dio 100 florines de limosna. Se
los llevó al Superior con la convicción de que con ellos haría reparar
la estatua, pero este juzgó que era mejor comprar otra más hermosa y
así lo hizo. El Señor no tardó en manifestar su desagrado; pues el mismo
día de la inauguración de la nueva efigie, un candelabro que estaba
fijo y muy asegurado en la pared, se desprendió y cayendo sobre la estatua,
la redujo a pedazos. Al mismo tiempo, el P. Superior cayó enfermo y
no pudo terminar su período de mando. Elegido un nuevo Superior, el
P. Cirilo volvió a suplicarle que hiciera reparar la estatua, pero recibió
nueva repulsa. Entonces sin desmayar, se dirigió a la Santísima Virgen.
Apenas acabada su oración, lo llamaron a la Iglesia; se le acercó una
señora de venerable aspecto, que dejó en sus manos una cuantiosa limosna,
y desapareció sin que nadie la hubiese visto entrar y salir de la Iglesia.
Lleno de gozo, el P. Cirilofue a dar cuenta al Superior de lo que pasaba;
pero éste no le dio más que medio florín (25 centavos); siendo insuficiente
para el objeto esta suma, todo quedó en el mismo estado. El convento
se vio sujeto a nuevas calamidades; los religiosos no tenían posibilidad
de pagar la renta de una finca que habían arrendado y que no les producía
nada. Los rebaños murieron, la peste desoló la ciudad, muchos carmelitas,
inclusive el Superior, sufrieron este azote. Todos acudieron al Niño
Jesús. El Superior se humilló y prometió celebrar 10 misas ante la estatua
y propagar su culto. La situación mejoró notablemente, pero como la
estatua continuaba en el mismo estado, el P. Cirilo no cesaba de clamar
sus quejas ante su dadivoso protector, cuando oyó de sus divinos labios
estas palabras: "Colócame a la entrada de la Sacristía, y encontrarás
quien se compadezca de mí." En efecto, se presentó un desconocido, el
cual, notando que el hermoso Niño no tenía manos, se ofreció espontáneamente
a hacérselas poner, no tardando en recibir su recompensa, pues ganó
a los pocos días un pleito casi perdido, con lo que salvó su honor y
su fortuna. Los beneficios innumerables que todos alcalzaban del milagroso
Niño, multiplicaban día a día el número de sus devotos. Por esto deseaban
los carmelitas edificarle una capilla pública, teniendo en cuenta que
el sitio donde debían levantarla, había sido ya indicado por la Santísima
Virgen al P. Cirilo, pero faltaban los recursos y además, temían emprender
esta nueva construcción en un tiempo en el que los calvinistas arrasaban
todas las iglesias. Se contentaron con colocarlo en la Capilla exterior,
sobre el altar mayor, hasta el año 1642, en el que la princesa Lobkowitz
mandó edificar un nuevo santuario que se inauguró en 1644, el día de
la fiesta del Santo Nombre de Jesús. De todas partes acudían a postrarse
delante del milagroso Niño, los pobres, los ricos, los enfermos, en
fin, toda clase de personas hallaban en Él remedio de sus tribulaciones.
En 1655, el Conde Martinitz, Gran Marqués de Bohemia, regaló una preciosa
corona de oro esmaltada con perlas y diamantes. El Reverendo D. José
de Corte se la colocó al Niño Jesús en una solemne ceremonia de coronación.
Las gracias y maravillas innumerables debidas al "pequeño Grande" (así
llaman en Alemania al Niño Jesús de Praga), se divulgaron hasta en las
comarcas más lejanas, con lo que su culto se ha extendido en nuestros
días de una manera prodigiosa. En todas las naciones fue acogida con
amor la devoción al Niño Jesús de Praga, monasterios, colegios, escuelas,
familias le han dedicado magníficos tronos, numerosas parroquias poseen
la real estatua y en cuantas partes se le honra, derrama sobre sus devotos
un caudal de inestimables favores. El Divino Niño desea colmaros de
gracias, venerémosle, hagámosle conocer y amar, y el nos abrirá los
tesoros de su bondad. Numerosas son las prácticas piadosas establecidas
en honra del Niño Jesús de Praga; pero aquéllas en las que tiene especial
complacencia son: las Letanías del Nombre de Jesús; la recitación de
5 padrenuestros, avemarías y glorias seguidas de esta jaculatoria: "Sea
bendito el Nombre del Señor ahora y por los siglos de los siglos." que
se repite también 5 veces; la oración eficaz del P. Cirilo; la recitación
del Rosario del Niño Jesús; y por fin la celebración de su fiesta, que
es la de Su Santísimo Nombre, el 2º domingo después de la epifanía.
Leyendo la historia de este milagroso Niño Jesús de Praga, se nota que
muy a menudo concede los favores solicitados, después de una novena
de súplicas y oraciones recitadas en honra suya. Así mismo es de notar,
que fácilmente se obtienen del Niño Jesús las gracias especiales que
se le piden, mandando celebrar misas en su honor, dando limosna a los
pobres en su nombre, ofreciendo acercarse a los sacramentos, o bien
publicar y dar a conocer la gracia concedida. Por medio de esta nueva
y simpática manifestación del amor divino, Jesús quiere remediar una
calamidad actual, muy general en el mundo a saber: la perdición de la
infancia por la educación anticristiana. Nuestro Señor Jesucristo que
siempre ha profesado un amor de predilección a los niños, manifiesta
claramente, por medio de esta devoción, el gran deseo que tiene de ser
honrado especialmente como Rey y Salvador de la infancia, y quiere para
esto aplicar al mundo entero, y en especial a la niñez, los méritos
de las humillaciones sufridas en su divina infancia. Dediquémonos pues
a honrar a este amabilísimo Niño, ya que tan abundantemente podemos
obtener sus bendiciones. Y en particular, vosotros, inocentes niños,
que teneis la dicha de ser los predilectos del corazón de ese amante
Niño Jesús, debéis profesar una devoción fervorosa y práctica al Dios
que se ha hecho Niño, como vosotros y por vosotros. Imitad las virtudes
de su Divina Infancia: a ejemplo suyo, sed obedientes, castos, amables,
caritativos y piadosos, recurrid a Él con entera confianza en todas
vuestras necesidades y confiadle las penas de vuestro corazón infantil.
Pedidle mucho por vosotros mismos, por la iglesia, por vuestros padres,
familiares, maestros y amigos, amadle sinceramente y no le disgusteis
en lo más mínimo, entregaos a Él con cuanto poseéis, dadle vuestra alma,
vuestro cuerpo y vuestro corazón para que lo conserve puro e inocente.
A fin de merecer su constante protección, llevad con amor su medalla,
besad con respeto su imagen, de vez en cuando practicad en su honor
alguna mortificación, rezadle todos los días algunas de las oraciones
que conocéis y de este modo experimentaréis cuán bueno y generoso es
el Niño Jesús de Praga, el Niño Rey, el Dios amante de los niños.
Nota: La fiesta
del Niño Jesús de Praga se celebra el primer domingo del mes de junio.
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